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Payasos rebeldes y sin fronteras

Son versos que andan y risas que alumbran, corazones que aman. Porque hay que amar, y mucho, para dejar atrás la comodidad de tu casa y adentrarte en caminos donde la barbarie de nuestro egoísmo asesina a inocentes cada día, donde nuestra indiferencia abandona a bebés en el frío de la noche y donde nuestros impuestos levantan muros cada vez más altos que nos encierran en nosotros mismos. Son payasos, payasos en rebeldía, payasos que derriban fronteras y recorren el mundo para ir allí donde el hambre mata a un niño o la soledad a un anciano, donde solo se escucha el olvido y las vidas no son más que huellas en la nieve, donde una valla corta una vía y ya solo se escucha el eco de los trenes que pasaron hace años, donde cuerpos despedazados por la codicia y el hambre llegan a las playas, donde todos, de una u otra manera, morimos cada día. Su rebeldía es la nuestra, porque su amor es el nuestro. Capaces de dejarlo todo por arrancar la sonrisa de un niño o secar la última lágrima de quienes perdieron todas las batallas, son los verdaderos héroes de nuestro tiempo, Quijotes que salen al camino a enfrentarse con monstruos y gigantes, a derribar cuantos molinos salgan a su paso, a devolvernos la esperanza que nos robaron y creíamos perdida. Admiro su coraje y su valentía, su dignidad, su capacidad de emplear lo aparentemente más débil para acabar con lo realmente más fuerte. Su sonrisa derriba muros, su nariz alambradas, y su mirada nos abre nuevos mundos más allá del sinsentido del nuestro. Viven en campamentos de refugiados y, al hacerlo, se convierten en refugiados; Duermen en tiendas de tela o a la intemperie, al abrigo de sus sueños. Unen su destino al de quien les necesita, al de quien perdió la alegría o le robaron la esperanza. Han nacido aquí, entre nosotros, pero viven en otro mundo, un mundo que ellos crean cada día donde palabras como amor, amistad, solidaridad, generosidad o dignidad hacen que el sol salga cada día, que vuelva a amanecer para quienes viven en la noche del olvido y la oscuridad a los que les hemos condenado.

 

Conocen bien el sufrimiento, a diario ven la cara a la parca, pero ellos siguen andando, con la cabeza bien alta y la nariz bien puesta, allí donde más se vea, esa nariz es su bandera, la única que lo es de todos los países y todas las naciones, la bandera universal de la dignidad y la alegría. Van a los campamentos. Por equipaje llevan la esperanza. Dejan allí su ilusión y su risa. Vuelven con el corazón cargado de abrazos, besos y miradas de quienes, gracias a ellos, hoy se volverán a levantar. Hablan con los niños y con las estrellas, dan vida a los recuerdos que acompañan el silencio de los ancianos, y se abrazan a la ausencia de los que cayeron para traérnoslos de nuevo. Son payasos, payasos en rebeldía, payasos de cuerpos y almas, de sueños rotos y esperanzas masacradas. Lo mejor de nosotros y de quienes con ellos se cruzan en el camino vive en su mirada, esa mirada que ilumina porque ve más allá del dolor y la muerte, esa mirada que es la de la vida. Desde su mágica locura nos muestran que nuestra cordura solo es una cárcel más, que este mundo muere por falta de imprudencia y que solo en el corazón tiene este mundo remedio.
Hablan una lengua universal, una lengua que existe desde antes de que nacieran las fronteras, una lengua que todos conocemos pero solo ellos se atreven a hablar. Habitan en el corazón de los niños, de todos los niños, de los que lo son hoy y de los que algún día lo fuimos… Por eso, si un día no ves el sol, si crees que nada tiene sentido ni remedio, si no tienes fuerzas ni para levantarte siquiera, cierra los ojos y mira dentro de ti. Busca bien. Allí les encontrarás, riéndose, mirándote y tendiéndote la mano, invitándote a salir con ellos al camino para que regales tu risa y tu alegría y para que con ellos, cuando al fin comprendas que solo somos lo que damos, derribes las vallas y los muros que te emprisionan.

 

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